De la Tierra a la Luna

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-Supongo que no intentaréis colocar en una cureña semejante mole -preguntó el mayor.

-¡Lo que, sin embargo, sería soberbio!

-Pero impracticable -respondió Barbicane-. Creo que se debe fundir el cañón en el punto mismo en que se ha de disparar, ponerle abrazaderas de hierro forjado y rodearlo de una obra de mampostería, de modo que participe de toda la resistencia del terreno circundante. Fundida la pieza, se pulirá el ánima para impedir el viento de la bala, y de este modo no habrá pérdida de gas, y toda la fuerza expansiva de la pólvora se invertirá en la impulsión.

-¡Bravo! -exclamó J. T. Maston-. Ya tenemos nuestro cañón.

-¡Todavía no! -respondió Barbicane, calmando con la mano a su impaciente amigo.

-¿Por qué?

-Porque hasta ahora no hemos discutido aún su forma. ¿Será un cañón, un obús o un mortero?

-Un cañón -respondió Morgan.

-Un lanzaobuses -replicó el mayor.

-Un mortero -exclamó J. T. Maston.

Iba a empeñarse una nueva discusión que prometía ser bastante acalorada, y cada cual preconizaba su arma favorita, cuando intervino el presidente.


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