Dos años de vacaciones
Dos años de vacaciones —¿Qué hacemos?… —dijo Doniphan.
—¡Todo lo que sea posible para salvarnos, con la ayuda de Dios! —respondió Briant con serenidad admirable, precisamente en momentos en que ciertamente aun el hombre de más energÃa hubiera conservado muy pocas esperanzas de salvación.
En efecto; la tempestad arreciaba y el huracán crecÃa en intensidad, amenazando a cada instante hundir la embarcación, privada hacÃa cuarenta y ocho horas de su palo mayor, que, roto a cuatro pies de altura por encima del puente, no permitÃa izar ninguna vela con que auxiliar el gobierno del buque. El palo mesana se sostenÃa aun, pero era de temer cercano el momento en que, falto de los obenques, se cayera sobre el puente. Hacia la proa, el pequeño foque, hecho pedazos, era de tal modo agitado por el huracán, que sus sacudidas parecÃan detonaciones de armas de fuego. No quedaba ya más vela que la mesana, pronta a desgarrarse también, pues los pobres muchachos no hablan tenido la suficiente fuerza para quitar el último rizo, a fin de disminuir su superficie. Si aquella vela se rompÃa, serÃa ya imposible que el yate hiciera frente al viento, y las olas, cogiéndolo por los lados, lo tumbarÃan de seguro, yéndose irremisiblemente a pique, y sus pasajeros desaparecerÃan con él en el terrible abismo.