Edgar Poe y sus obras

Edgar Poe y sus obras

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Terminaba así la extraña narración de Hans Pfaall. ¿Cómo llegó esta narración al alcalde de Rotterdam, Mynheer Superbus von Underduck? Por un habitante de la Luna, ni más ni menos, por un mensajero del mismísimo Hans, que pedía regresar a la Tierra y al que a cambio del indulto se comprometía a relatar sus curiosas observaciones sobre el nuevo planeta «sobre sus maravillosas alternativas de calor y frío, de la ardiente y despiadada luz solar que dura una quincena y la frigidez más que polar que domina en la siguiente, del constante traspaso de humedad, por destilación semejante a la que se practica al vacío, desde el punto situado debajo del sol al punto más alejado del mismo, de los habitantes en sí; de sus maneras, costumbres e instituciones políticas, de su peculiar constitución física, de su fealdad, de su falta de orejas, apéndices inútiles en una atmósfera a tal punto modificada; de su consiguiente ignorancia del uso y las propiedades del lenguaje; de sus ingeniosos medios de intercomunicación que remplaza la palabra; de la incomprensible conexión entre cada individuo de la Luna con algún individuo de la Tierra, conexión análoga y sometida a la de las esferas del planeta y el satélite, y por medio de la cual la vida y los destinos de los habitantes de la otra, y por sobre todo, de los negros y horrendos misterios existentes en las regiones exteriores de la Luna, regiones que, debido a la casi milagrosa concordancia de la rotación del satélite sobre su eje con su revolución sideral en torno a la Tierra, jamás han sido expuestas, y nunca lo serán, si Dios quiere, al escrutinio de los telescopios humanos».


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