El Archipiélago en llamas

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Capítulo VIII

Nadie hubiese podido prever todavía cuáles serían las consecuencias de aquel acontecimiento. Henry d’Albaret, en cuanto lo supo, pensó, naturalmente, que tales consecuencias no podrían serle sino favorables. En todo caso, el matrimonio de Hadjine Elizundo sería aplazado. Aunque la muchacha debía de estar afectada por un dolor profundo, el joven oficial no dudó en presentarse en la casa de la Strada Reale, pero no pudo ver ni a Hadjine ni a Xaris. No le restaba, pues, sino esperar.

«¡Si, casándose con el capitán Starkos —pensaba—, Hadjine se sacrificaba a la voluntad de su padre, ese matrimonio no se celebrará ahora que su padre ya no existe!».

Era un razonamiento justo. Y era natural deducir que si las posibilidades de Henry d’Albaret se habían acrecentado, las de Nicolás Starkos habían disminuido.

A nadie extrañará, pues, que, al día siguiente, tuviese lugar a bordo de la sacoleva una conversación sobre este tema, provocado por Skopelo, entre su capitán y él.

Había sido el segundo de la Karysta quien, al regresar a bordo hacia las diez de la mañana, había llevado la noticia de la muerte de Elizundo, noticia que provocaba un gran revuelo en la ciudad.


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