El Chancellor

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CAPĂŤTULO LV

ILUSIONES. — NO SE VEN BUQUE NI TIERRA. — AMANECE. — LLEGO LA HORA. — LUCHA. — TRANQUILIDAD DE LA VICTIMA. — CAIGO AL AGUA Y LA ENCUENTRO DULCE

27 de enero.

NO duermo escuchando los menores ruidos; los chasquidos del agua y el murmullo de las olas, y observo con sorpresa que no hay tiburones alrededor de la balsa, lo que me parece un feliz presagio.

La luna ha salido a las once y cuarenta y seis minutos de la noche, mostrando su semidisco de cuarto menguante, pero su escasa luz no me permite ver el mar en un radio extenso. ¡Cuántas veces he creído entrever a pocos cables de distancia el ansiado buque! Amanece. La aurora ha abierto al sol las puertas del Oriente, y los primeros rayos del astro diurno se extienden sobre un mar desierto.

Se acerca el momento terrible y poco a poco van desvaneciéndose todas mis esperanzas de la noche. No se ve buque alguno ni tampoco tierra; vuelvo a la realidad, y recuerdo el pasado. Es la hora en que va a consumarse la abominable ejecución, y no me atrevo a mirar a la víctima, cuyos ojos resignados se fijan en mí, sin que yo pueda sostener su mirada.

Un insuperable horror me oprime el pecho, y la cabeza me da vueltas como si estuviera beodo.


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