El Chancellor
El Chancellor ILUSIONES. — NO SE VEN BUQUE NI TIERRA. — AMANECE. — LLEGO LA HORA. — LUCHA. — TRANQUILIDAD DE LA VICTIMA. — CAIGO AL AGUA Y LA ENCUENTRO DULCE
27 de enero.
NO duermo escuchando los menores ruidos; los chasquidos del agua y el murmullo de las olas, y observo con sorpresa que no hay tiburones alrededor de la balsa, lo que me parece un feliz presagio.
La luna ha salido a las once y cuarenta y seis minutos de la noche, mostrando su semidisco de cuarto menguante, pero su escasa luz no me permite ver el mar en un radio extenso. ¡Cuántas veces he creĂdo entrever a pocos cables de distancia el ansiado buque! Amanece. La aurora ha abierto al sol las puertas del Oriente, y los primeros rayos del astro diurno se extienden sobre un mar desierto.
Se acerca el momento terrible y poco a poco van desvaneciĂ©ndose todas mis esperanzas de la noche. No se ve buque alguno ni tampoco tierra; vuelvo a la realidad, y recuerdo el pasado. Es la hora en que va a consumarse la abominable ejecuciĂłn, y no me atrevo a mirar a la vĂctima, cuyos ojos resignados se fijan en mĂ, sin que yo pueda sostener su mirada.
Un insuperable horror me oprime el pecho, y la cabeza me da vueltas como si estuviera beodo.
