El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine La travesía
Kernan, como acababa él mismo de indicarlo, no hallaba la menor dificultad en dirigir una chalupa; había hecho su aprendizaje, como pescador, en su juventud, y le era muy familiar la costa de Bretaña desde el cabo de Croisic hasta el de Finisterre. No había siquiera una roca, una ensenada, una bahía que le fuera desconocida, sabía las horas en que la marea subía o bajaba en todos los puntos, y no temía los escollos ni los bajíos.
La barca que tripulaban los dos fugitivos era una chalupa de pescar, fina y chata de popa, pero alta de proa, muy marinera y perfectamente dispuesta para resistir los embates del mar en una tempestad.
El puente, corrido en toda su longitud, no tenía más abertura que la destinada al que debía de guiar el timón, y llevaba dos largas velas de color encarnado, una mesana y otra cangreja, de suerte que podía surcar impunemente las olas embravecidas, lo cual sucedía con frecuencia, cuando su dueño iba a pescar sardina por la barra de Belle-Île, y cuando volvía para tomar la embocadura del Loira y remontarse hasta Nantes.
Verdad es que Kernan y el conde sólo eran dos para atender a las maniobras, pero una vez cargadas las velas, la barca se engolfó en alta mar, impelida por el viento sudoeste que soplaba con violencia y hacía que se deslizase sobre las olas con gran rapidez.
