El faro del fin del mundo

A través de una de las ventanas de la cámara de cuarto, Vázquez había oído los disparos y visto el trágico fin de sus camaradas. Ya sabía la suerte que le esperaba si caía en poder de aquellos criminales. No había que esperar nada de estos asesinos. ¡Pobre Felipe, pobre Moriz!... Nada había podido hacer para salvarlos... Y permanecía allí en lo alto, espantado del horrible crimen tan rápidamente perpetrado.

Después del primer momento de estupor, Vázquez recobró su sangre fría y se dio rápidamente cuenta de la situación. Necesitaba a toda costa no caer en manos de estos miserables. Tal vez ignorarían su existencia, pero er a de suponer que una vez terminadas las maniobras de a bordo, algunos de ellos saltarían a tierra y se les ocurriría subir al faro, tal vez con la intención de apagarlo, para hacer la bahía impracticable durante la noche. Sin titubear, Vázquez dejó la cámara de cuarto y se precipitó por la escalera en las habitaciones del piso bajo.

No había un instante que perder. Se oía ya el ruido de la chalupa, conduciendo a tierra algunos hombres de la tripulación.

Vázquez tomó dos revólveres, que puso en el cinto; metió algunas provisiones en un saco, que se echó a la espalda; salió del faro, descendió rápidamente por el talud, y sin haber sido advertida desapareció en la oscuridad.

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