El Rayo verde

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Los hermanos Melvill no tuvieron nada que decir a aquella propuesta formulada tan categóricamente. Ellos también compartían el descontento general y maldecían a Aristobulus Ursiclos. Decididamente, la situación de su pretendiente estaba muy comprometida. Nada podía devolverle ya a la señorita Campbell. Tenían que renunciar de una vez para siempre al cumplimiento de un proyecto completamente irrealizable.

—Bien mirado —decía el hermano Sam al hermano Sib, a quien llamó aparte—, las promesas formuladas imprudentemente no son esposas de hierro que sujetan las manos.

En otros términos, nadie puede considerarse obligado por un juramento temerario, y el hermano Sib, con un enérgico ademán, manifestó que estaba de acuerdo con aquel refrán escocés.

En el momento en que se dieron las buenas noches, en la puerta de la posada, la señorita Campbell dijo:

—Partiremos mañana mismo. No quiero quedarme aquí ni un día más.

—De acuerdo, querida Elena —contestó el hermano Sam—; pero ¿adónde iremos?

—Allí donde estemos seguros de no encontramos con el señor Ursiclos. Por lo tanto, conviene que nadie sepa ni que nos marchamos de la isla ni hacia dónde nos dirigimos.


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