El soberbio Orinoco

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CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XI

ESCALA EN EL PUEBLO DE ATURES

Aquel día —l.º de septiembre—, a las seis de la mañana, las falcas abandonaron aquellos peligrosos parajes. Pasajeros y marineros acababan de escapar de una muerte cierta en los mismos lugares donde tantos otros habían sido víctimas de aquellas crueles tribus.

«Y, decididamente —pensó Miguel—, puesto que el Congreso ha votado la destrucción de estos quivas, sería bueno poner manos a la obra en seguida».

—¡Yo tengo lo que merezco! —había gritado el sargento Marcial arrancándose la flecha, que le había desgarrado la espalda.

Y los remordimientos que tenía de haber mirado más hacia el pasado que hacia el presente, eran más poderosos que el dolor que la herida le causaba. Sin embargo, la falta no valía la muerte de un hombre, ni aun la de un buen soldado, que se había dejado sorprender en su puesto, y se esperaba que la herida no sería mortal.

Cuando las embarcaciones se perdieron de vista, el sargento Marcial, extendido sobre el lecho del rouf, recibió los primeros cuidados de Juan. Pero no basta ser el sobrino de su tío y desplegar el mayor celo para obtener buenos resultados. Es preciso poseer algunos conocimientos de medicina, y el joven no los poseía.


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