El soberbio Orinoco

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CAPÍTULO XIII

RESPETO AL TAPIR

Al día siguiente por la mañana, 21 de septiembre, cuando los viajeros abandonaron el puertecillo de Mataweni, no estaban más que a tres días y medio de San Fernando. En ochenta horas, si no sobrevenía algún retraso, debían llegar al término de su viaje.

La navegación fue recomenzada en las condiciones ordinarias; a la vela, cuando el viento lo permitía; a la palanca y al viento, cuando las piraguas podían aprovechar los remolinos, debidos a los numerosos codos que formaba el río; a la espía, cuando la pértiga no lograba vencer la fuerza de la corriente.

La temperatura se mantenía alta. Tormentosas nubes se arrastraban pesadamente, resolviéndose a veces en gruesa y tibia lluvia. Sucedíalas ardiente sol, y era preciso buscar refugio bajo los roufs. Entonces el viento era débil, intermitente, y no bastaba para refrescar la devorante atmósfera.

Numerosos ríos afluían al Orinoco, sobre todo por la ribera izquierda, ríos sin nombre, en cuyo lecho debía agotarse el agua durante la estación de sequía. Por lo demás, Germán Paterne no se interesó por ellos, pues no merecían la visita de los geógrafos.

Encuéntranse canoas, a bordo de las que van esos piaroas que suelen ocupar la ribera derecha de aquella parte del Orinoco.


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