El soberbio Orinoco

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CAPĂŤTULO II

EL SARGENTO MARCIAL Y SU SOBRINO

La partida de aquel terceto de sabios —un terceto cuyos ejecutantes no lograban concertar sus flautas— había sido fijada para el 12 de agosto, en plena estación de lluvias.

La vĂ­spera de este dĂ­a, dos viajeros instalados en una de las fondas de Ciudad-BolĂ­var hablaban en la habitaciĂłn de uno de ellos a eso de las ocho de la noche, Ligera y fresca brisa entraba por la ventana, abierta sobre el paseo de la Alameda.

En el momento en que los presento a mis lectores, el más joven de los viajeros que acababa de ponerse en pie, dijo al otro en francés:

—Escúchame bien, mi buen Marcial, y antes de acostarnos te recuerdo por última vez lo que hemos convenido al decidir nuestro viaje.

—Como usted quiera, Juan.

—¡Ah…! —exclamó Juan—. Desde las primeras palabras olvidas tu papel…

—¿Mi papel?

—Sí… No me tuteas…

—Es cierto… ¡Tuteo del diablo! ¿Qué quiere usted…?, digo…, ¿qué quieres? La falta de costumbre…


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