El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco EL CHUBASCO
Al alba, cuando las últimas constelaciones iluminaban aún el horizonte del Oeste, los pasajeros fueron despertados por los preparativos de la partida. Todo hacía esperar que estaban en su última etapa. San Fernando no distaba de allí más de quince kilómetros. La idea de acostarse aquella misma noche en una verdadera alcoba provista de un verdadero lecho, ofrecía agradable perspectiva. Contábanse entonces treinta y un días y otras tantas noches de navegación desde Caicara, y durante las últimas había sido preciso contentarse con las esteras de los roufs. Respecto al tiempo pasado en Urbana, en los pueblos de Atures y de Maipures, en las cabañas y sobre los lechos indios, nada de común tenían con la comodidad, no de un hotel, ni aun de una posada, por poco que tenga de europea.
Cuando Miguel y sus compañeros se levantaron, las falcas se dirigían a la parte media del río. Marchaban rápidamente bajo la acción del viento Nordeste. Por desgracia, ciertos síntomas, respecto a los que los marinos del Orinoco no se engañan nunca, hacían temer que la brisa no durase lo bastante para un recorrido de quince kilómetros.
Las piraguas navegaban juntas, y Jacques Helloch, volviéndose hacia la Gallinetta, preguntó a Juan, saludándole con la mano: