El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Éste, muy orgulloso de su dominio, habló largamente de su explotación, de su porvenir, manifestando el disgusto que sentÃa porque sus huéspedes no pudieran visitar el rancho en toda su extensión, aunque esperaba que al regreso permanecieran allà más tiempo.
Algunas galletas de yuca, ananás de primera calidad, tafia, que el mismo bare extraÃa de las cañas de azúcar, cigarros de ese tabaco que crece sin cultivo, simples hojas arrolladas en una pequeña corteza de tabari. Todo esto fue ofrecido y aceptado de buena voluntad.
Únicamente Juan renunció a los cigarros a pesar de la insistencia del indio, y sólo consintió en mojar sus labios con algunas gotas de tafia. Precaución prudente, porque el tal licor abrasaba como fuego; y si Jacques y el sargento no pestañeaban al tomarlo, Germán Paterne no pudo contener un gesto que le hubieran envidiado los monos, lo que al parecer satisfizo al indio.
A las diez se retiraron los visitantes, y el bare, seguido de algunos peones, les acompañó hasta las falcas, cuyas tripulaciones dormÃan profundamente.
En el momento en que se despedÃan, el indio no pudo menos de decir, refiriéndose a Jorrés:
—A pesar de todo, estoy seguro de haber visto a ese español en los alrededores del rancho.
—Y ¿por qué habÃa de ocultarlo? —preguntó Juan.