El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco BUEYES Y GIMNOTOS
He aquí que prosiguió aquella navegación sobre el curso superior del río. Los viajeros tienen siempre confianza en el buen éxito de su viaje. Tienen deseos de llegar a la misión de Santa Juana, y ¡quisiera el cielo que el padre Esperante les ponga en buen camino, que los informes más precisos les conduzcan a su objetivo! ¡Logren también evitar un encuentro con la cuadrilla de Alfaniz, que comprometería la suerte de la campaña!
Aquella misma mañana, en el momento de partir, Juana De Kermor había dicho a Jacques Helloch, hallándose a solas:
—Señor Helloch, no solamente me ha salvado usted la vida, sino que ha querido unir sus esfuerzos a los míos. Mi alma está llena de gratitud. No sé cómo podré pagar a usted lo que hace.
—No hablemos de gratitud, señorita —respondió Jacques Helloch—. De compatriota a compatriota estos servicios son deberes, y nada impedirá que los cumpla hasta el fin.
—Tal vez nos amenacen nuevos y graves peligros, señor Helloch.
—Espero que no. Además, eso no es una razón para que yo la abandone a usted… ¡Yo… abandonarla! Pues… —añadió mirando a la joven, que bajaba los ojos— esto es lo que usted ha pensado decirme…
