El soberbio Orinoco

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Al fin, por la noche, Parchal y Valdez amarraron en la orilla de la ribera derecha.

Enfrente, sobre la otra ribera, erguíase la masa sombría de un alto pico. No podía ser otro que el pico Maunoir, llamado así por el viajero francés en honor del secretario general de la Sociedad de Geografía de París.

Tal vez por exceso de fatiga, la vigilancia no sería completa aquella noche. En efecto: después de comer nadie pensó más que en buscar el reposo de que tanta necesidad había. Pasajeros y marineros no tardaron en dormirse profundamente.

Durante la noche no hubo agresión alguna; ni los indios bravos ni los quivas de Alfaniz atacaron a las piraguas. Al alba despertaron los dos patrones y lanzaron un grito de descorazonamiento.

El agua había bajado cincuenta centímetros desde la víspera. Las piraguas estaban en seco. Apenas si algunos hilos amarillentos corrían sobre el lecho del Orinoco.

La navegación estaba, pues, interrumpida por todo el tiempo que durase la estación seca.

Cuando los tripulantes se reunieron en la proa de las piraguas, se notó que uno de los hombres faltaba.

Jorrés había desaparecido, y esta vez no debía volver.


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