El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Durante los dÃas siguientes, las piraguas, favorecidas por la brisa, hicieron una navegación muy rápida. Franquearon sin grandes dificultades, por no tratarse más que de bajar por ellos, los raudales de Maipure y de Atures, pasando después por la embocadura del Meta y el pueblo de Cariben. Las islas del rÃo suministraron toda la caza necesaria, y la pesca fue fructÃfera.
Se llegó ante el rancho de Marchal, en Tigra. AllÃ, conforme a la promesa que habÃan hecho, los pasajeros de las falcas fueron durante veinticuatro horas los huéspedes del excelente hombre. ¡Con qué alegrÃa les cumplimentó éste por el feliz éxito de su empresa, mirada desde el doble punto de vista de la presencia del coronel De Kermor en Santa Juana y de lo que allà habÃa sucedido!
En Urbana las piraguas tomaron provisiones para la última parte de su viaje.
—¿Y las tortugas? —dijo Germán Paterne—. Jacques, ¿te acuerdas de las tortugas…? ¡Eh…! ¡Mira que llegar aquà sobre tortugas…!
—En este pueblo nos vimos por vez primera, Germán —dijo la joven.
—Gracias a esas excelentes bestias, a las que debemos bastante gratitud —declaró Jacques Helloch.