El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—He oído decir que ese misionero había conseguido fundar una misión…

—En efecto, la misión de Santa Juana, en las regiones vecinas del Roraima, y que parece estar en vías de prosperidad.

—Tarea difícil —afirmó Miguel.

—Sobre todo —respondió el gobernador—, cuando se trata de gobernar, de civilizar, de convertir al catolicismo, de regenerar, en una palabra, a los más salvajes indios sedentarios que vagan por los territorios del Sudeste; a esos guaharibos, pobres seres que ocupan el último grado en la escala humana. No se tiene idea de la paciencia, abnegación, valor y virtud apostólica que son precisas para llevar a cabo tal obra de humanidad. Durante los primeros años no se han tenido noticias del padre Esperante, y en 1888 el viajero francés no había oído hablar de él, por más que la misión de Santa Juana no estuviera muy lejos del nacimiento…

El gobernador se guardó bien de añadir «el Orinoco» a fin de no arrojar fuego a la pólvora.

—Pero —continuó— hace dos años se han recibido en San Fernando noticias de él, y se ha confirmado que ha hecho entre esos guaharibos obras milagrosas de civilización.


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