El Volcán de oro

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Sin embargo, allí estaban todos aquellos pasajeros, impacientes por abandonar el Foot-ball para aventurarse en la región que regaba la gran arteria de Alaska. Únicamente pensaban en el futuro, pero no en las fatigas, las pruebas, los peligros, las decepciones, sino sólo en el espejismo que se dejaba entrever.

Al fin, después de Juneau, el paquebote remontó el canal de Lynn, que termina en Scagway para los navíos de cierto tonelaje, pero que los barcos de quilla plana pueden seguir remontando allende ese punto, durante dos leguas más hasta el pueblo de Dyea. Hacia el noroeste resplandecía el glaciar de Muir, que tiene una altura de doscientos cuarenta pies, y envía constantemente al Pacífico sus avalanchas. Algunas barcas, tripuladas por indígenas, escoltaban al Foot-ball que incluso remolcó a alguna de ellas.

Durante la última velada que pasaron a bordo, se organizó en la sala de juegos una formidable partida en la que varios de los que la habían frecuentado durante la travesía perdieron hasta el último dólar. No asombrará a nadie que los tejanos Hunter y Malone fueran de los más asiduos y de los más violentos. Además, los otros, cualquiera que fuera su nacionalidad, no valían más que ellos. Era la misma categoría de aventureros que podía encontrarse habitualmente en los garitos de Vancouver, Wrangel, Scagway y Dawson City.


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