Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Al siguiente día de anclar desembarqué en Ansiedlung, en una hermosa playa de negruzca arena. Pensé que tal playa no estaría fuera de su lugar en la isla Tsalal, donde se encontraba aquel color de duelo, con exclusión del blanco, que causa a los insulares violentas convulsiones seguidas de postración y estupor. ¿Pero al dar por ciertos tan extraordinarios efectos no habría sido Arthur Pym juguete de una ilusión? En fin, ya se pondría en claro la cosa si la Halbrane llegaba alguna vez a la vista de la isla Tsalal.
Encontré al ex cabo Glass, hombre vigoroso, bien conservado, de fisonomía ruda, y en el que los sesenta años no habían conseguido amenguar la inteligente vivacidad. Independientemente del comercio con el Cabo y las Falklands, hacía un importante tráfico de pieles de foca, de aceite de elefantes marinos, y sus negocios marchaban viento en popa.
Como aquel gobernador, que se nombró tal a sí mismo, y fue reconocido por la pequeña colonia, parecía muy aficionado a hablar, entabló sin gran trabajo, desde nuestra primera entrevista, una conversación muy interesante.
-¿Tienen ustedes a menudo navíos que hagan escala en Tristán de Acunha?-le pregunté.
-Tantos como nos hacen falta, caballero-respondió, frotándose las manos, que colocó en la espalda, costumbre suya sin duda.