Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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En cuanto a Jem West, al que nada distraía de su servicio, reiteró sus órdenes. Gratián se puso al timón y Hearne fue encerrado en la cala. Justo castigo, contra el que nadie debía protestar, pues la distracción o descuido de Hearne había comprometido por un instante a la goleta. Sin embargo, cinco o seis marinos de las Falklands dejaron escapar algunos murmullos. Un gesto del lugarteniente los hizo callar, y ellos volvieron a su puesto. No hay que decir, que, al grito del vigía, el capitán Len Guy se había lanzado fuera de su camarote, y con mirada febril observaba aquella tierra, distante entonces unas diez o doce millas.

Repito que yo no pensaba ya en el secreto que Dirk Peters acababa de confiarme. Mientras tal secreto permanecía entre los dos-y ni él ni yo lo revelaríamos-nada había que temer. Pero si una desdichada casualidad hacía que Martín Holt supiese que el nombre de su hermano había sido sustituido por el de Parker...; que el infortunado no había perecido en el naufragio del Grampus; que, designado por la suerte, había sido sacrificado para impedir que sus compañeros murieran de hambre...; que Dirk Peters, a quien él, Martín Holt, debía la vida, le había muerto...

He aquí pues, la razón por la que el mestizo rehusaba obstinadamente la gratitud de Martín Holt; por qué huía de él...


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