Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos El espacio no se aclaraba ya más que imperfectamente. Frecuentes brumas reducían a algunas encabladuras únicamente el campo de la vista. Así es que fue preciso ejercer gran vigilancia para impedir choques contra los témpanos flotantes, cuya velocidad era inferior a la de la Paracuta. Igualmente se observaba que por la parte Sur el cielo se iluminaba frecuentemente con anchas ráfagas de luz, debidas a la irradiación de las auroras polares. La temperatura descendía visiblemente: no era más que de 23º (5º c. sobre cero).
Este descenso no dejaba de producirnos viva inquietud. Si su influencia no alcanzaba a las corrientes, cuya dirección seguía siendo favorable, tendía a modificar el estado atmosférico. Por desgracia, por poco que el viento se calmase con la acentuación del frío, la velocidad de la canoa disminuiría en una mitad, y un retraso de dos semanas bastaría para comprometer nuestra salvación, obligándonos a invernar al pie del banco de hielo. En tal caso, como ya he dicho, preferible sería procurar volver al campamento de Halbrane-Land.
¿Estaría entonces libre el Jane-Sund, tan felizmente remontado por la Paracuta? Más favorecidos por la suerte que nosotros Hearne y sus compañeros, que nos habían precedido en diez días, ¿habían franqueado, ya la barrera de los hielos?