Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Hurliguerly se lanza a la proa de la Paracuta para cortar la cuerda. De pronto el cuchillo que tenÃa en la mano es arrancado; la cuerda se rompe, y el arpeo, como un proyectil, va en dirección del macizo. Y al mismo tiempo, todos los objetos de hierro depositados en nuestra embarcación, los utensilios de cocina, las armas, el hornillo de Endicott, nuestros cuchillos, arrancados de los bolsillos, toman el mismo camino, mientras la canoa va a chocar contra la playa. Para explicar estas cosas inexplicables era preciso admitir que estábamos en las extrañas regiones que yo atribuÃa a las alucinaciones de Arthur Pym.
Pero no: acabábamos de ser testigos de hechos fÃsicos, no de imaginarios fenómenos.
Aparte de esto, no tuvimos tiempo de reflexionar, pues desde que pusimos los pies en tierra, nuestra atención fue solicitada por una embarcación que yacÃa sobre la arena.
-¡La canoa de la Halbrane!- exclamó Hurliguerly. SÃ: era la canoa robada por Hearne. YacÃa en la arena completamente destrozada. Restos informes..., lo que queda de una embarcación después de un golpe de mar que la arroja contra las rocas.
Lo primero que notamos fue que el herraje de la canoa habÃa desaparecido por completo. SÃ. Los clavos, las panetas de la quilla, las guarniciones de la roda y del colaste, los goznes del timón...