La casa de vapor
La casa de vapor El seis de mayo, al amanecer, salí del hotel «Spencer», uno de los mejores de Calcuta, donde vivía desde mi llegada a la capital de la India. Esta gran ciudad no tenía ya secretos para mí. Paseos matutinos a pie en las primeras horas del día; paseos por la tarde en coche por el Strand hasta la explanada del fuerte William, entre hermosos carruajes de europeos, que se cruzan desdeñosamente con los, no menos hermosos, de los ricos babúes indígenas; caminatas a través de las calles de los mercaderes, que tan justamente llevan el nombre de bazares; visitas a los jardines botánicos del naturalista Hooker; a madame Kali, la horrible mujer de cuatro brazos, diosa feroz de la muerte, que se oculta en un templete de uno de los arrabales, en los cuales se codean la civilización moderna y la barbarie indígena; todo lo había hecho ya. Contemplar el palacio del virrey, que se levanta precisamente enfrente del hotel «Spencer»; y admirar el curioso palacio de Chowringhi Road, y la Town Hall, consagrada a la memoria de los grandes hombres de nuestra época; estudiar atentamente, en todos sus detalles, la interesante mezquita de Hougli; recorrer el puerto, lleno de los más hermosos buques del comercio y de la marina inglesa; despedirme de los arguilas, ayudantes o filósofos (estas aves tienen tantos nombres), que están encargados de limpiar las calles y conservar la ciudad en estado perfecto de salubridad; todo esto estaba hecho también, y ya no tenía que hacer más que marchar.