La casa de vapor
La casa de vapor He dicho un trozo de piedra visible, y debo añadir solo para los indios. En efecto, no se permite a ningún europeo contemplar estos divinos vestigios. Quizá para distinguirlos bien en la piedra milagrosa se necesitaba una fe robusta que no se encuentra ya en los creyentes de los países occidentales. Esta vez Banks ofreció en vano sus rupias a los brahmanes; ninguno quiso aceptar lo que hubiera sido el precio de un sacrilegio. ¿Era que la suma de rupias ofrecida no estaba a la altura de la conciencia de un brahmán? No me atrevo a decidir sobre este punto; lo cierto es que no pudimos penetrar en el templo y que no he podido saber hasta ahora los puntos que calzaba el pie del bello joven de color azulado, vestido como un rey de los antiguos templos, célebre por sus diez encarnaciones, y que representa el principio conservador opuesto a Siva, feroz emblema del principio destructor, y a quien los vaishnavas, o sea, los adoradores de Visnú, reconocen como el primero de los trescientos treinta millones de dioses que pueblan su mitología eminentemente politeísta.
Pero no por eso sentimos haber hecho aquella excursión a la ciudad santa ni al Visnú-Pad. Pintar la confusión de los templos; la sucesión de patios; la aglomeración de viharas que nos vimos obligados a rodear o atravesar para llegar al templo de Visnú, sería imposible. El mismo Teseo, con el hilo de Ariadna en la mano, se habría perdido en aquel laberinto.