La casa de vapor

La casa de vapor

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Nada más fácil que este paso. El elefante se transformó naturalmente en motor acuático. Bajó la suave pendiente de la orilla; entró en el río, se mantuvo en su superficie, y batiendo el agua con sus anchas patas, como las paletas de una rueda motora, arrastró suavemente el tren, que flotaba detrás de él.

El capitán Hod no cabía en sí de gozo.

—¡Una casa portátil —exclamaba—, una que es a la vez carruaje y barco de vapor! ¡No le falta más que tener alas para transformarse en aparato volante y atravesar los espacios!

—Eso se hará un día u otro, amigo Hod —respondió seriamente el ingeniero.

—Ya lo sé, amigo Banks —respondió, no menos seriamente, el capitán—. Todo es posible; pero lo que no es posible es que vivamos doscientos años para ver esas maravillas. La vida no siempre es alegre, pero yo consentiría de buena gana en vivir diez siglos…, nada más que por pura curiosidad.

Por la noche, a doce horas de Gaya, después de haber pasado bajo el magnífico puente tubular del camino de hierro, de ochenta pies de alto sobre el lecho del Sone, acampamos en los alrededores de Saseram. Tratábase solamente de pasar una noche en aquel paraje para reponer la leña y el agua y volver a marchar al nacer el alba.


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