La casa de vapor

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Al día siguiente, 25 de mayo, hacia las dos de la tarde, vadeamos el pequeño río Tonsa, que en aquella época no tenía más de un pie de agua. A las cinco pasamos el puente del empalme del ferrocarril de Bombay a Calcuta. Casi en el sitio donde el Yamuna desagua en el Ganges, admiramos el magnífico viaducto de hierro de dieciséis pilares de sesenta pies de altura, cuyas bases están sumergidas en las aguas de aquel soberbio afluente. Al llegar al puente de barcas, que tiene un kilómetro de longitud y que une las dos orillas del río, lo atravesamos fácilmente, y por la noche acampamos al extremo de uno de los arrabales de Allahabad.

El día 26 debía dedicarse a la visita de esta importante ciudad, punto de partida de los principales caminos de hierro del Indostán. Está situada en una posición admirable, en el centro del más rico territorio entre los dos brazos que forman el Yamuna y el Ganges.

La Naturaleza ha hecho todo lo posible para que Allahabad sea la capital de la India inglesa, el centro del Gobierno y la residencia del virrey. No es imposible que lo llegue a ser un día si los ciclones juegan alguna mala pasada a Calcuta, la metrópoli actual; lo cierto es que algunos hombres previsores han entrevisto esta eventualidad; y en el gran cuerpo que se llama la India, Allahabad es como el corazón, de la misma manera que París es el corazón de Francia.


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