La casa de vapor

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Para la dirección general de la casa y de la servidumbre, el coronel se fiaba enteramente de uno de sus antiguos compañeros de armas, un escocés, un conductor del ejército real, el sargento MacNeil, con quien había hecho todas las campañas de la India, uno de esos valientes corazones que parecen latir en el pecho de aquellos a quienes han consagrado sus servicios. Era un hombre de cuarenta y cinco años, vigoroso, alto, que llevaba toda la barba como los escoceses de las montañas. Por su actitud y su fisonomía, lo mismo que por su traje tradicional, continuaba siendo un montañés en cuerpo y alma, aunque había dejado el servicio militar al mismo tiempo que el coronel Munro, habiendo ambos tomado el retiro después de 1860.

Pero en lugar de regresar a los glens de la Escocia entre los viejos clanes de sus antepasados, ambos habían permanecido en la India y vivían en Calcuta en una especie de retiro y oscuridad que necesitan una explicación.

Cuando Banks me presentó al coronel no me hizo más que una advertencia.

—No haga usted nunca alusión a la rebelión de los cipayos —dijo—. Y, sobre todo, no pronuncie jamás el nombre de Nana Sahib.


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