La casa de vapor
La casa de vapor Los dos hermanos, bajo este disfraz, se unieron sin ser reconocidos a la procesión que recorría las calles de la ciudad entre muchos elefantes que llevaban sobre sus lomos tadzias, especie de templete de veinte pies de altura. Habían conseguido mezclarse entre los musulmanes ricamente vestidos de túnicas bordadas de oro y turbantes de muselina; se habían confundido entre las filas de los músicos, de los soldados, de las bayaderas, de los jóvenes disfrazados de mujeres, extraña aglomeración que daba a la ceremonia un carácter carnavalesco. Con aquellos indios de todas castas, entre los cuales contaban con muchos partidarios, habían podido cambiar cierta especie de signos masónicos, familiares a los individuos rebeldes de mil ochocientos cincuenta y siete.
Al anochecer, toda aquella gente se había dirigido hacia el lago que baña el arrabal oriental de la ciudad. Allí, en medio de grandes gritos, de detonaciones de armas de fuego y del estruendo de los petardos a la luz de mil antorchas, todos aquellos fanáticos precipitaron los tadzias en las aguas del lago; con lo cual concluyeron las fiestas del Moharum.
En aquel momento, Nana Sahib sintió que una mano se posaba sobre sus hombros. Se volvió y vio a su lado a un bengalí.
Era aquel indio uno de sus antiguos compañeros de armas de Lucknow. Le dirigió una mirada interrogativa.