La caza del meteoro
La caza del meteoro Nada de particular había en el aspecto de aquella caja, un sencillo cubo de madera pintado de color oscuro. En el interior sólo había carretes intercalados entre una serie de ampollas de vidrio, cuyas agudas extremidades estaban unidas de dos en dos por hilos de cobre. Sobre la caja, al aire libre, se descubría un reflector metálico con una última ampolla doblemente fusiforme, que ningún conductor material unía a las demás.
Con ayuda de instrumentos de precisión, orientó Zephyrin Xirdal el reflector metálico en el sentido riguroso que le indicaban sus cálculos de la noche anterior; luego, habiendo comprobado que todo se hallaba en orden, colocó en la parte interior de la caja un tubito que brillaba con vivos destellos. A medida que iba realizando esas operaciones, hablaba, según su costumbre, como si hubiera querido hacer admirar su elocuencia a un imponente auditorio.
—Esto, señores —decía—, es el Xirdaliwn, cuerpo cien mil veces más radiactivo que el radio. Advertiré, dicho sea entre nosotros, que si yo uso este cuerpo es un poco para la galería. No es que perjudique, pero la tierra irradia bastante energía para que resulte superfluo añadirle nada. Es un grano de sal en el mar. Sin embargo, un poco de mise en scéne no sienta mal, a mi juicio, en una experiencia de esta naturaleza.