La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Demasiado era cierto que los trabajos del ferrocarril terminaban allÃ. Los periódicos son como algunos relojes que tenÃan la manÃa de adelantar, y habÃan anunciado prematuramente la conclusión de la lÃnea. La mayor parte de los viajeros conocÃan esa interrupción de la vÃa, y al apearse del tren se habÃan apoderado de los vehÃculos de todo género que habÃa en el villorrio, palki gharis de cuatro ruedas, carretas arrastradas por unos zebús, especie de bueyes de giba, carros de viaje semejantes a pagodas ambulantes, palanquines, caballos, etc. Asà es que el señor Fogg y sir Francis, después de haber registrado toda la aldea, se volvieron sin haber encontrado nada.
—Iré a pie —dijo Phileas Fogg.
Picaporte, que entonces se reunÃa con su amo, hizo un ademán significativo al considerar sus magnÃficas babuchas. Por fortuna habÃa ido también de descubierta por su parte, y titubeando un poco, dijo:
—Señor, me parece que he hallado un medio de transporte.
—¿Cuál?
—¡Un elefante! ¡Un elefante que pertenece a un indio que vive a cien pasos de aquÃ!
—Vamos a ver el elefante —respondió el señor Fogg.