La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas —Por lo demás, ¿sois vigoroso?
—Sobre todo cuando acabo de comer.
—¿Y sabéis cantar?
—Sà —respondió Picaporte, que en halagüeño, le permitirÃa estar en algunos conciertos de calle.
—Pero ¿sabéis cantar cabeza abajo, con una peonza girando sobre la planta del pie izquierdo y un sable en equilibrio sobre la planta del pie derecho?
—¡Por supuesto! —respondió Picaporte, que recordaba los primeros ejercicios de su edad juvenil.
—¡Es que todo consiste en eso! —dijo el honorable Batulcar.
La contrata quedó terminada hic et nunc.
En fin, Picaporte habÃa encontrado una posición. Estaba contratado para hacerlo todo en la célebre compañÃa japonesa, lo cual, si era poco halagüeño, le permitirÃa estar en San Francisco antes de ocho dÃas.
La representación, con tanto aparato anunciada por el honorable Batulcar, debÃa comenzar a las tres de la tarde, y bien pronto resonaban en la puerta los formidables instrumentos de una orquesta japonesa. Bien se comprende que Picaporte no habÃa podido estudiar su papel, pero debÃa prestar el apoyo de sus robustos hombros en el gran ejercicio del racimo humano, ejecutado por los narigudos del dios Tingú. Este «gran atractivo» de la representación, debÃa cerrar la serie de ejercicios.