La vuelta al mundo en 80 días

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El piso bajo del hotel estaba ocupado por un inmenso bar especie de buffet, abierto gratis para todo transeúnte. Cecina, sopa de ostras, galletas y chester, todo esto se despachaba allí, sin que el consumidor tuviese que aflojar el bolsillo. Sólo pagaba la bebida, ale, oporto o jerez, si tenía el capricho de beber; esto pareció muy americano a Picaporte.

El restaurante del hotel era confortable. El señor Fogg y la princesa Aouda se instalaron en una mesa, y fueron abundantemente servidos en platos liliputienses, por unos negros del más puro color de azabache.

Después de almorzar, Phileas Fogg, acompañado de la princesa Aouda, salió del hotel para ir a visar su pasaporte en el consulado inglés. Encontró en la acera a su criado, que le preguntó si sería prudente, antes de tomar el ferrocarril del Pacífico, comprar algunas carabinas Enfield o revólveres Colt. Picaporte había oído hablar de los sioux y de los pawnies, que paran los ferrocarriles como simples ladrones españoles. El señor Fogg respondió que era precaución inútil; pero lo dejó en libertad de obrar como pluguiese, y después se dirigió a la oficina del agente consular.



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