La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Tal era esa larga arteria que los trenes recorren en siete dÃas, y que iba a permitir al honorable Phileas Fogg —asà al menos lo esperaba— tomar el 11, en Nueva York, el vapor de Liverpool.
El vagón ocupado por Phileas Fogg era una especie de ómnibus largo, que descansaba sobre dos juegos de cuatro ruedas cada uno, cuya movilidad permite salvar las curvas de pequeño radio. En el interior no habÃa compartimentos, sino dos filas de asientos dispuestos a cada lado, perpendicularmente al eje, y entre los cuales estaba reservado un paso que conducÃa a los gabinetes de tocador y otros, con que cada vagón va provisto. En toda la longitud del tren, los coches comunicaban entre sà por unos puentecillos, y los viajeros podÃan circular de uno a otro extremo del convoy, que ponÃa a su disposición vagones-cafés. No faltaban más que vagones teatros, pero algún dÃa los habrá.
Por los puentecillos circulaban, sin cesar, vendedores de libros y periódicos, ofreciendo su mercancÃa, y vendedores de licores, comestibles y cigarros, que no carecÃan de compradores.