La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días —¡En África! —repitió Picaporte—. No puedo creerlo. ¡Figuraos, caballero, que yo me imaginaba no ir más lejos de París, y me he tenido que contentar con ver esa famosa capital, desde las siete y veinte de la mañana hasta las ocho y cuarenta, entre la Estación del Norte y la de Lyón, a través de los cristales de un coche y lloviendo a chaparrones! ¡Lo siento! ¡Me hubiera gustado volver a ver el cementerio del Pére Lachaise y el circo de los Campos Elíseos!
—¿Conque tanta prisa tenéis? —preguntó el inspector de policía.
—Yo no, pero sí mi amo. A propósito, ¡tengo que comprar calcetines y camisas! Nos hemos marchado sin equipaje; tan sólo con un saco de noche.
—Voy a llevaros a un bazar donde encontraréis todo lo que necesitéis.
—Sois bien complaciente —respondió Picaporte.
Y ambos echaron a andar. Picaporte no cesaba de charlar.
—Sobre todo, es menester no faltar para la hora de salida del buque.
—Aún tenéis tiempo —respondió Fix—; no son más que las doce.
Picaporte sacó un gran reloj.
—¿Las doce? ¡Vaya! ¡Si no son más que las nueve y cincuenta y dos minutos!
—Vuestro reloj atrasa —respondió Fix.