Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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hacia el norte. Sólo con el viento sur los mosquitos hubieran desaparecido. Paganel no era como el mayor que conservaba la calma, se indignaba y mandaba al diablo a todos los mosquitos; deseaba tener algo, al menos, con que calmar la picazón insoportable; el mayor trataba de consolarlo, pero igualmente Paganel se levantó con un humor de perros. Al alba nadie se hizo rogar para emprender la marcha, aunque los caballos estaban rendidos y muertos de sed a pesar de que los viajeros les sacrificaban parte de su ración, igualmente era insuficiente, sobre todo por la sequedad del ambiente que el viento norte hacía más intolerable al levantar nubes de polvo.

La monotonía del viaje se interrumpió cuando Mulrady, que marchaba adelante, avistó una partida de indios. Thalcave temió que fueran grupos nómades y ladrones, así que hizo que formaran un grupo apretado y que prepararan las armas. Glenarvan tenía esperanzas de que pudieran darles noticias de los náufragos del Britannia. Pronto se acercaron a unos cien pasos, eran sólo diez indios, a los que podían observar perfectamente. Pertenecían a la raza pampa que había sido casi exterminada por el general Rosas en 1833. Eran de elevada estatura, de frente alta y combada, vestían pieles de guanaco y llevaban además de una larga lanza, cuchillos, hondas, boleadoras y lazos. Manejaban el caballo con gran destreza.


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