Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur Lady Glenarvan no quiso presenciar aquella inspección del cadáver y se retiró. El tiburón aún se agitaba en su agonÃa. No era de un tamaño extraordinario, medÃa algo más de tres metros y su peso era de alrededor de trescientos kilos,, pero era conocida la ferocidad de esta especie. El enorme escualo* fue abierto a hachazos; el estómago completamente vacÃo -se veÃa que hacÃa tiempo que ayunaba-tenÃa clavado el anzuelo. La búsqueda no habÃa dado resultado y ya iban a tirar sus restos al mar cuando el contramaestre advirtió un extraño bulto en los intestinos.
-¿Qué diablos será eso? -exclamó.
-Una piedra -respondió un marinero-, que el pÃcaro se habrá tragado para lastrarse.
-Yo creo -dijo otro-que debe ser una bala que se le clavó en el vientre y que, por supuesto, no pudo digerir.
-Cállense todos -gritó Tom Austin, el segundo del yate-¿no ven que el pÃcaro era un borracho perdido y, apurado por beber, se tragó vino y botella también?
