Miguel Strogoff
Miguel Strogoff En aquel momento un violento relámpago desgarró el cielo y pareció, por decirlo así, que la lluvia se volatilizaba; se oyó un golpe seco; el aire se impregnó de un olor sulfuroso, casi asfixiante, y un grupo de grandes pinos, alcanzados por la descarga eléctrica, se inflamaban como una antorcha gigantesca a veinte pasos de la tarenta. El yemschik, arrojado al suelo por una especie de choque en retroceso, se levantó
afortunadamente sin heridas.
Después, cuando los primeros estampidos del trueno se fueron perdiendo en las profundidades de la montaña, Miguel Strogoff sintió la mano de Nadia apretar fuertemente la suya y oyo que murmuraba estas palabras en su oído:
-¡Gritos, hermano! ¡Escucha!
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Efectivamente, durante aquel breve intervalo de calma, oyéronse gritos hacia la parte superior del camino y a una distancia bastante próxima de la sinuosidad que protegía la tarenta.
Era como una llamada desesperada, evidentemente lanzada por algún pasajero en peligro.
Miguel Strogoff escuchó con atención.
El yemschik escuchó tambien, pero moviendo la cabeza, como si le pareciera imposible responder a esa llamada.
