Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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La vieja siberiana se inclinó sobre la fresca corriente y Nadia, con el cuenco de su mano, llevó el agua a los labios de Marfa, bebiendo luego a su vez. La anciana y la joven encontraron gran alivio con aquellas aguas bienhechoras. De pronto, Nadia, en el momento en que iba a retirarse de la orilla, se enderezó y un grito involuntario se escapó de sus labios.

¡Allí estaba Miguel Strogoff, a sólo unos pasos de ella! ¡Era él! ¡Todavía podía verle bajo las últimas luces del crepúsculo!

El grito de Nadia hizo estremecer al correo del Zar... Pero tuvo bastante dominio sobre sí mismo como para no pronunciar ni una sola palabra que pudiera comprometerle.

¡Sin embargo, al mismo tiempo que a Nadia, había reconocido a su madre!

Miguel Strogoff, ante este inesperado encuentro, temiendo no ser dueño de sí mismo, llevó la mano a los ojos y se alejó de aquel lugar en seguida. Nadia se había lanzado instintivamente a su encuentro, pero la anciana murmuró unas palabras a su oído:

-¡Quieta, hija mía!

-¡Es él! -respondió Nadia con la voz rota por la emoción-. ¡Vive, madre! ¡Es él!

-Es mi hijo -replicó Marfa Strogoff-, es Miguel Strogoff y ya ves que no he dado el menor paso hacia él. ¡Imítame, hija mía!


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