Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff y Nadia estaban, pues, libres y solos una vez más, como lo estuvieron durante el trayecto desde Perm hasta las orillas del Irtyche. ¡Pero cómo habÃan cambiado las condiciones del viaje! Entonces, una confortable tarenta con sus caballos frecuentemente cambiados y abundantes paradas de posta bien surtidas les aseguraban la rapidez del viaje. Ahora iban a pie y ante toda imposibilidad de procurarse medios de locomoción, sin recursos e ignorando de qué modo podrÃan subvenir a sus más elementales necesidades. ¡Y todavÃa les quedaban cuatrocientas verstas de viaje! Además, MÃguel Strogoff no veÃa más que a través de los ojos de Nadia.
En cuanto a ese amigo que les habÃa dado el destino, acababan de perderle en las más funestas circunstancias.
Miguel Strogoff se habÃa dejado caer sobre uno de los lados del camino y Nadia, de pie, esperaba una palabra de él para reemprender la marcha. Eran las diez de la noche y hacÃa tres horas y media que el sol se habÃa ocultado tras el horizonte. No habÃa a la vista ni una casa, ni una choza. Los últimos tártaros se perdÃan ya en la lejanÃa. Miguel Strogoff y Nadia estaban, pues, absolutamente solos.
-¿Qué harán con nuestro amigo? -gritó la joven-. ¡Pobre Nicolás! ¡Nuestro encuentro le ha sido fatal!
Miguel Strogoff no respondió.
