Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Es preciso repetir todavía, porque se trataba de una agravación obligada de las medidas, que a estos nómadas a los que les afectaba directamente el decreto de expulsión, les estaban también prohibidas las estepas siberianas y no tendrían más remedio que dirigirse hacia el sur del mar Caspio, bien a Persia, a Turquía o a las planicies del Turquestán.
Los puestos del Ural y de las montañas que forman como una prolongación de este río sobre la frontera rusa, no podían traspasarlos. Tenían, pues, ante ellos, un millar de verstas que se verían obligados a atravesar, antes de pisar suelo libre. En el momento en que el jefe de policía acabó la lectura del decreto, por la mente de Miguel Strogoff cruzó instintivamente un pensamiento:
«¡Singular coincidencia -pensó-entre este decreto que expulsa a los extranjeros originarios de Asia y las palabras que se cruzaron anoche entre los dos bohemios de raza gitana! “Es el Padre mismo quien nos envía adonde queremos ir”. dijo el hombre. Pero “el Padre” ¡es el Emperador! ¡No se le designa de otra forma entre el pueblo!
¿Cómo estos bohemios podían prever la medida tomada contra ellos?, ¿cómo la conocían con anticipación y dónde quieren ir? ¡He aquí gente sospechosa a la cual el decreto del gobernador parece serle más útil que perjudicial! »