Un Capitan de quince años

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Dick se marchó enseguida y desapareció en medio de oscuridad, cuando ya gruesas gotas de lluvia empezaban a caer sobre el grupo.

A los pocos minutos, Dick Sand estaba de regreso.

-No se trata de un campamento, como habíamos pensado, ni tampoco de una aldea -explicó el grumete-. Son unos hormigueros.

-¡Unos hormigueros de doce pies de alto! -exclamó el primo Benedicto-. Entonces ha de tratarse de los hormigueros de la termita belicoso o de la termita devorador. Sólo estos insectos levantan tales monumentos.

-Sean o no termitas, tenemos que utilizar esos refugios -dijo Dick Sand.

-¡Nos devorarán! -comentó uno de los negros.

-En marcha. No podemos perder tiempo.

-¡Un momento! -exclamó el primo Benedicto-. ¡Yo creía que esos hormigueros sólo existían en África!

- ¡En marcha! -ordenó una vez más Dick, con cierta violencia.

En poco rato llegaron hasta uno de aquellos conos que se levantaban en la llanura, cuando ya el viento era muy fuerte y la lluvia se precipitaba torrencialmente.

Hércules, con su cuchillo, agrandó el estrecho agujero que se hallaba al pie del cono.

El primo Benedicto se extrañó mucho cuando comprobó que no se veía uno solo de aquellas termitas que debían ocupar a miles el hormiguero.


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