Un Capitan de quince años

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El brujo dejó escapar de su garganta un raro sonido y con las manos levantadas avanzó hacia la madre y Jack.

Todos se apartaban dejando paso al mago, que parecía haber encontrado el remedio a sus males.

El Mgannga arrancó de los brazos de su madre al pequeño y lo levantó hacia el cielo. Todos creyeron que iba a arrojarlo contra el suelo para destrozar su cráneo y apaciguar así el furor de los dioses.

Alvez no sabía qué hacer, pensando que la vida de la prisionera era muy preciosa para él.

La señora Weldon había perdido el sentido ante la actitud del brujo, quien, después de evolucionar ante la reina, que se tranquilizó, levantó a la desdichada mujer y se la llevó con su hijo por entre aquella multitud que, totalmente dominada, le dejaba el paso libre.

Pero los indígenas, alucinados por el proceder del mago, se amotinaron contra Alvez, quien muy mal lo hubiese pasado si la reina Moina no hubiese ordenado a sus esbirros que lo prendieran.

El brujo seguía caminando, llevando a sus víctimas como si fuesen simples plumas. Salió del cercado, atravesó Kazonndé y penetró en el bosque. Los indígenas fueron detrás de él durante casi tres millas, pero por fin, ante la actitud del brujo que cada vez iba más deprisa, comprendieron que no podían seguirle y regresaron al poblado.


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