Un Capitan de quince años
Un Capitan de quince años XXIX
LA MUERTE DE NEGORO
La situación había empeorado. Cuando más fundadas eran las esperanzas de llegar pronto a las ciudades portuguesas de la desembocadura del Congo, la corriente del río quedaba truncada.
En aquel lugar, Dingo, que mientras se acercaban a la orilla había dado muestras de impaciencia, tan pronto alcanzó el suelo desapareció entre la crecida hierba, prorrumpiendo en unos extraños gruñidos.
- ¡Diríase que llora! -exclamó Jack.
Dick Sand, que estaba alerta, pensando que Dingo había descubierto la presencia de salvajes, tomó el fusil y seguido de Hércules, que enarbolaba el hacha, se internaron en la espesura siguiendo al perro, con los demás pisándoles los talones.
A pocos pasos, encontraron a Dingo con el hocico pegado al suelo y olfateando sin la menor duda una pista. Siguieron al perro, observando sus movimientos, hasta que éste levantó la cabeza, y dando pequeños saltos empezó a ladrar en una dirección.
- ¡Atención! -exclamó Dick-. Que nadie se separe. Momentos después se encontraron al pie de un viejo sicómoro, perdido en el bosque, frente al cual Dingo ladraba de un modo lastimero.
Allí se alzaba una choza en ruinas.