Un Capitan de quince años
Un Capitan de quince años VII
El capitán Hull y sus hombres habían desaparecido para siempre en aquella terrible escena que acababa de desarrollarse a ojos de los pasajeros de la Pilgrim, que nada pudieron hacer por salvar a los desdichados.
La señora Weldon cayó de rodillas y levantando los ojos al cielo, exclamó:
- ¡Oremos y pidamos también al cielo fuerza y valor para nosotros!
El barco, sin capitán ni tripulación que lo dirigiese, se encontraba a unos cientos de millas de tierra en medio del océano Pacífico a merced de las olas y del viento. Sólo podían esperar la ayuda del Todopoderoso, a cuya presencia acababan de comparecer el capitán Hull y sus marineros.
No quedaba un solo marino a bordo de la goleta. Sólo Dick Sand, que no era más que un grumete, que conocía a su manera la navegación y en quien ahora se resumían las responsabilidades del capitán, del contramaestre y de la marinería.
La presencia de una pasajera a bordo, con su hijo, nacía más dificultosa la situación.
Cierto que había unos cuantos negros, que a su bondad unían el valor y un afán de servicio, pero no tenían las más elementales nociones del oficio.
