Una ciudad flotante
Una ciudad flotante El cielo, que estaba encapotado, se despejó a las cuatro. El mar estaba en calma y el buque no sufría balanceo. Parecía que estábamos en tierra firme. La inmovilidad del Great-Eastern sugirió a algunos pasajeros la idea de organizar carreras. El suelo era más llano que el de la pista del hipódromo de Epsom, y a falta del Gladiator y de la Touque, hacían su papel escoceses de pura sangre. Cundió pronto la noticia, acudiendo los deportistas y apresurándose los espectadores a dejar los salones y camarotes. Un inglés, el honorable Macarthy, fue nombrado presidente, y los corredores se presentaron acto continuo. Eran seis marineros, especie de centauros, caballos y jockeys en una pieza, prontos a disputar el premio del Great-Eastern.
Las dos anchas calles formaban el campo de las carreras. Los corredores debían dar tres veces la vuelta al buque, recorriendo así un espacio de unos 1300 metros. Pronto las tribunas, es decir, las toldillas, se cuajaron de curiosos, armados de anteojos y algunos de velos verdes, sin duda para preservarse del polvo del Atlántico. Faltaban los carruajes, es verdad, pero no el espacio para hacerlos entrar en fila.
Las señoras, desplegando un lujo asiático, ocupaban la toldilla de popa. El golpe de vista era hermosísimo.
