Una ciudad flotante
Una ciudad flotante ¡Cómo debía palpitar su corazón, al eco de aquellos tristes acentos! ¡Cómo debía estremecerse todo su ser! Era imposible que aquella voz no despertara en él recuerdos del pasado. Pero al mismo tiempo, ignorando la presencia de Harry Drake, ¿cómo había de sospechar la presencia de Elena? No era posible; sólo le atraían, sin duda, aquellos dolientes ayes, que correspondían al inmenso dolor que llevaba consigo.
Fabián escuchaba. ¿Qué haría? ¿Llamaría a la loca? ¿Y si Elena aparecía de pronto? Todo era posible. ¡Qué situación tan peligrosa! Fabián se aproximo aún más a la puerta. El canto que languidecía poco a poco, murió en el acto; después se oyó un grito desgarrador.
Elena, por medio de una comunicación magnética, ¿sentía cerca de sí al que amaba? La actitud de Fabián era espantosa. Estaba abismado en sí mismo. ¿Iba a derribar la puerta? Me pareció así, y me precipité sobre él. Me reconoció. Le arrastré. Se dejó arrastrar. Y luego con voz sorda:
—¿Sabéis quién es esa desgraciada? —me preguntó.
—No, Fabián, no lo sé.
—¡Es la loca! —dijo—. Pero su mal no es incurable. Un poco de amor curaría a esa pobre mujer. Así lo creo.
—¡Venid, Fabián —dije— venid!