Una ciudad flotante

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CAPÍTULO XXIII

Poco después encontré a Corsican y le referí la escena a que acababa de asistir. Comprendió, como yo, que la situación se agravaba. ¿Podríamos evitar sus peligros? ¡Ah! ¡Qué no hubiéramos dado por acelerar la marcha del Great-Eastern, poniendo un Océano entre Drake y Fabián!

Al separarnos, Corsican y yo convinimos en vigilar más severamente que nunca a los actores del drama, cuyo desenlace podía a cada momento estallar a pesar nuestro.

Aquel día esperábamos al Australasian, paquebote de la compañía Cunard de 2760 toneladas y que recorre la línea de Liverpool a Nueva York. Debía haber salido de América el miércoles por la mañana, y no podía tardar en aparecer.

A las once algunos pasajeros ingleses abrieron una suscripción a favor de los heridos de a bordo, algunos de los cuales no habían salido aún de la enfermería; entre ellos se hallaba el contramaestre, amenazado de una claudicación incurable. La lista se cubrió de firmas, aunque algunas dificultades accesorias originaron palabras mal sonantes.

A las doce, el sol permitió hacer una observación exacta:

Lat. 41° 41' 11” N.

Long. 58° 37' O.

Carrera 257 millas.


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