Una ciudad flotante

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CAPÍTULO XXIX

El día 8 de abril amaneció hermosísimo. El sol se levantó radiante. Sobre cubierta encontré al doctor, bañándose en los efluvios luminosos. Se dirigió a mí.

—¡Cómo ha de ser! —me dijo—. ¡Nuestro pobre herido ha muerto! ¡Oh, los médicos! ¡No temen nada! ¡Es el cuarto compañero que nos abandona desde nuestra salida de Liverpool, el cuarto que ha de apuntar el Great-Eastern en su pasivo! ¡Y aún no hemos llegado!

—¡Pobre hombre! —dije—. Al llegar al puerto, ¡casi enfrente de las costas americanas! ¿Qué será de su mujer y de sus hijos?

—¡Qué le hemos de hacer! —respondió el doctor—. Es la ley, la gran ley. ¡Hemos de morir! ¡Hay que ceder el puesto a los que vienen! No morimos, al menos así lo creo, sino porque ocupamos un sitio a que otro tiene derecho. ¿Sabéis cuántas personas habrán fallecido durante mi vida, si dura sesenta años?

—No sé, doctor.

—Bien sencillo es el cálculo. Si vivo sesenta años habré vivido 21 900 días o 525 600 horas o 31 536 000 minutos, o en número redondo, dos mil millones de segundos. Durante este tiempo habrán muerto dos mil millones de personas que estorbaban a sus sucesores, y yo partiré del mismo modo, cuando sea un estorbo. La cuestión está en estorbar lo más tarde posible.


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