Una ciudad flotante
Una ciudad flotante A esta delicada maniobra estaba destinada la máquina en que hemos visto trabajar a los operarios mecánicos, en la popa. El piloto, colocado sobre la pasarela del centro, entre los aparatos de señales de las ruedas y de la hélice, tenÃa bajo los ojos un cuadrante provisto de una aguja móvil, que le indicaba a cada instante la posición de su barra. Para modificarla le bastaba imprimir un leve movimiento a una ruedecilla de un pie de diámetro, colocada verticalmente, al alcance de su mano. Las válvulas se abrÃan acto continuo; el vapor de las calderas se precipitaba por largos tubos o conductos a los dos cilindros de la pequeña máquina; los émbolos se movÃan con rapidez, las transmisiones funcionaban, y el gobernalle obedecÃa instantáneamente a esta irresistible combinación de fuerzas. Esto debÃa suceder, según la teorÃa, si la práctica no demostraba otra cosa, un solo hombre podrÃa gobernar, con un dedo, la masa colosal del Great-Eastern.
Por espacio de cinco dÃas prosiguieron los trabajos con febril actividad. Los retrasos perjudicaban notablemente a la empresa de los fletadores, pero los contratistas no podÃan hacer más. La partida se fijó irrevocablemente para el dÃa 26 de marzo. El 25, la cubierta del Great-Eastern estaba aún obstruida por todo el material suplementario.