Una ciudad flotante
Una ciudad flotante A las dos me encontraba de regreso en la fonda, donde encontré a Pitferge en el room, lugar lleno de gente como una Bolsa o un mercado, verdadera sala pública donde se mezclan los paseantes y los viajeros, y donde todo el que llega encuentra, gratis, agua de nieve, galleta y chester.
—¿Cuándo partimos, doctor? —le dije.
—Esta tarde, a las seis.
—¿Tomamos el railroad del Hudson?
—No, el Saint-John, un barco maravilloso, un mundo nuevo, un Great-Eastern de rÃo, uno de esos admirables aparatos de locomoción que revientan con la mayor facilidad. Hubiera preferido enseñaros el Hudson de dÃa, pero el Saint-John sólo navega de noche. Mañana, al amanecer, estaremos en Albany; a las seis tomaremos el «New York Central», railroad, y por la noche cenaremos en Niágara Falls.
Acepté a ojos cerrados el programa. El aparato ascensor de la fonda, moviéndose por su rosca vertical, nos subió a nuestras habitaciones, y nos bajó, algunos momentos después, con nuestras maletas-mochilas. Un coche de alquiler, de a 20 francos la carrera, nos condujo en un cuarto de hora al embarcadero del Hudson, delante del cual el Saint-John ostentaba ya, por penacho, gruesos torbellinos de humo.